La felicidad sólo es real cuando se comparte
Hoy, por una u otra razón, me acordé de Gonza (mi primer y único novio), de los dos años que estuvimos juntos, bueno, del año y siete meses en realidad. Lo conocí a los catorce, y hoy teniendo dieciocho, creo ser una mina totalmente diferente a la que conoció él, él mismo lo dice, y sin embargo a veces me siento la misma pendeja. Él conoció a una nena de catorce años que no salía ni a la esquina, que prefería estar con el antes de hacer cualquier cosa, una nena enamorada, totalmente enamorada, ciega de amor. Nos amábamos y nos vivíamos peleando, si un mes estábamos bien lo celebrábamos como un logro; me acuerdo de eso y me causa gracia, que chiquitos que eramos ¡cuánto nos queríamos!. El fue la puerta hacia la adolescencia, conocí el afuera, el amor, el dolor, la bronca, con él sentí absolutamente todo por primera vez, desde lo mas doloroso hasta lagrimas de felicidad. Mas allá de todo, de lo que haya pasado, de las peleas, de la última pelea, y de lo que hayamos vivido en estos últimos años separados, me siento totalmente orgullosa de haberle regalado mi inocencia, porque se que la guarda en el lugar mas lindo de su corazón, se que me quiere como yo lo quiero a él, se que se acuerda de cada detalle de nuestra relación como yo me acuerdo y si me pasa algo el va a estar ahí  lo quiero como un viejo amigo (como le gusta decir a él) que formo parte de mi felicidad, que me dio la mano para caminar, que me seco las lagrimas, que fue feliz conmigo cuando reí  que se ato las manos para no matarme cuando me ponía insoportable, que lloro por mi sin esconderse, que se prestaba a mis locuras y que me amo tanto como yo lo ame a el. 
Nunca había escrito algo asi en el blog por Gonza, después de que nos peleamos para siempre, y creo que se lo merecía (apesar de todo). 


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